15 de abril de 2024

por qué es única en el mundo, de los históricos a los «emparejamientos» más ridículos


La alegría más grande de un hincha es ganar un clásico. Y la mayor desdicha es perderlo. En eso están los aficionados de los 28 equipos que el próximo fin de semana sufrirán con el partido que su equipo jugará ante el rival de toda la vida. Sufrirán, sí. ¿Quién dijo que el fútbol es alegría? Alegría es jugarlo. En la tribuna, es un parto de 90 minutos que, según el resultado, definirá el humor de cada uno los días siguientes. Es así.

Campeón hay un solo así que ganar el clásico salva el año. ¿Cuántos técnicos conservaron su puesto por ganarle al rival de siempre en una temporada mala? ¿Y cuantos fueron cesados tras perder el clásico? La estadística es numerosa. Y aumentará.

Es difícil medir lo bueno y lo malo de la programación. Ya se sabe que el fútbol argentino es un compendio de desaguisados. Una prueba: el sábado habrá cinco partidos en tres horarios diferentes. El domingo serán otros cinco pero en cuatro horarios y el lunes se cerrará la esperada septima fecha de la Copa de la Liga con cuatro partidos en cuatro momentos distintos del día. No es todo: habrá cuatro clásicos que comenzarán a las 22 y uno a las 21.45, casi lo mismo. No es para mal de ninguno sino para bien de todos. Si no escalan de esa manera no alcanzan las pantallas de TV y como no habrá acceso a los visitantes, el hincha del que juega afuera no tendrá más remedio que sentarse ante el televisor.

¿Esa ausencia garantiza paz? De ningún modo. Son incontables los partidos con presencia exclusiva de locales que luego terminan en peleas, escándalos y hasta muertes en las calles de la ciudad o del barrio compartido. Hubo tragedias en esta historia que empezó a princpios del Siglo XX. ¿Cómo olvidar La Puerta 12? ¿Cómo olvidar que el River-Boca de la Libertadores debió jugarse en Madrid?

Juanfer Quintero, del Superclásico en Madrid, al Independiente-Racing en Avellaneda.Juanfer Quintero, del Superclásico en Madrid, al Independiente-Racing en Avellaneda.

Hay una particularidad en Argentina. Hay más clásicos y son más calientes que en el resto del mundo. Acaso la vecindad sea la causa. Flamengo-Fluminense o Corinthians-Palmeiras son lo más parecido a lo que ocurre aquí. Muy distinto es en España donde Barcelona es de Barcelona y Real Madrid, aunque sea un fenómeno global, se hace fuerte en la capital del país. Y en Italia, donde el clásico es Inter-Juventus y en segundo plano están los derbys Inter-Milan o Torino-Juventus. Pasa igual en la Premier. No es lo mismo un Liverpool-United, el clásico inglés, que Arsenal-Tottenham, el clásico de Londres y hasya el mismo City-United que se dividen Manchester.

Quizá tenga que ver con el origen de clubes. Boca y River nacieron en el mismo barrio. Estudiantes y Gimnasia comparten La Plata y Central y Newell’s se dividen Rosario desde sus tiempos fundacionales. ¿Cuántas familias están divididas por los colores?, ¿cuántas parejas se separan durante una hora y media para atender el amor a los colores y no a los del corazón? Y ocurre otro fenómeno particular: nadie es neutral. Puede ser que un futbolero no sea de Belgrano ni de Talleres pero cuando se enfrenten, ese futbolero hará fuerza por uno de los dos. Los clásicos tienen esa sutileza incomparable.

En esta oportunidad ocurren algunos despropósitos. Todavía no se explicó por qué no se enfrentan Godoy Cruz-Independiente Rivadavia y el Tomba jugará su clásico con Instituto, el cordobés que quedó “colgado”, mientras que la Lepra mendocina se medirá con Unión, otro que quedó sin rival por el descenso de Colón. ¿Qué tienen de clásico Defensa-Riestra o Sarmiento-Barracas?

Los hinchas de todos estarán atentos a dos temas capitales: los lesionados de cada club. Boca, por ejemplo, no tendrá a Pol Fernández y River probablemente no cuente con Borja. No es poco. El otro asunto es el árbitro. Como todo está bajo sospecha, el apellido designado será mirado de costado toda la semana.

De aquí al sábado empezarán las declaraciones de los protagonistas. Una forma de medir el ánimo de los equipos. También se prepararán los tradicionales “banderazos” para despedir a los planteles cuando salgan de la concentración al campo enemigo. Y se organizará el cotillón de bievenida a quien le toque ser anfitrión. Y todos, absolutamente todos, harán sus cábalas, rezarán a sus dioses esperando que esa misa laica de hora y media les regale la alegría esperada.

El anecdotario de los los clásicos es inacabable. River fue campeón y dio la vuelta olímpica en la Bombonera. Boca fue campeón y la dio en el Monumental. Rojitas le robó la gorra a Amadeo; Gatti se puso a barrer el área cuando jugaba en River y desde la tribuna de Boca le tiraron una escoba. Delem y Roma. Agüero y su golazo a Racing después de hacer bailar a Crosa. Carrasco produciendo una avalancha apoteósica cuando le clavó un tiro libre a Independiente. Aquel zurdazo de Marito Zanabria a Central y la palomita de Poy contada maravillosamente por Fontanarrosa en su antológico cuento “19 de diciembre de 1971”. El 7-0 de Estudiantes a Gimnasia. El “clásico de barrio más grande del mundo” entre San Lorenzo y Huracán. Duelo de cuarteto y fernet en el Kempes. Cruce sureño en Lanús-Banfield, el encarnizado Argentinos-Platense y el “no hay más remedio” que protagonizarán Vélez-Tigre. ¿Cuando fueron un clásico?

El clásico de Avellaneda vuelve al Libertadores.Foto: Maxi FaillaEl clásico de Avellaneda vuelve al Libertadores.Foto: Maxi Failla

Corre la sangre por las venas. El corazón ya subió su ritmo. La espera es interminable y cuando arranquen los partidos, todo eso que la gente pone en juego dependerá de que la pelota entre o se vaya junto al palo. Para ser inmensamente feliz. O sentirse un pobre desgraciado olvidado por Dios.



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