24 de junio de 2024

una historia entre Marte, géiseres y constelaciones


«Podrías haberlo hecho mejor, Pizarro«. La frase la suelta con calidez Marcos, el guía de un «viaje infinito» por el Desierto de Atacama, en el árido norte de Chile, y el destinatario es su «yo del futuro». Lo dice y sonríe, como casi siempre a lo largo de los cuatro días en los que fue el capitán de un pequeño pero ruidoso equipo que se lanzó a la aventura de recorrer sin pausa ese pintoresco rincón en la región de Antofagasta.

Desandar los caminos de arcilla, piedra y sal, y las imponentes cordilleras que se presentan a cada paso, son una usina interminable de fotos mentales que prometen quedarse ahí en forma de recuerdos, para siempre.

Marcos las matiza con detalles de cada lugar, historias que van desde los fenómenos geográficos que te permiten caminar sintiendo que estás en Marte, pasando por las creencias de las comunidades indígenas que poblaron el lugar, hasta el potencial económico que convirtió a la región en uno de los polos turísticos que más traccionan en el país.

La historia de Marcos articula, sin proponérselo, todo el recorrido que empezó en el aeropuerto de Calama, al que se llega desde Buenos Aires después de una escala en Santiago (JetSmart tiene variedad de frecuencias y vuelos de bajo costo para llegar al desierto chileno).

Pizarro da la bienvenida sonriente y, tras un saludo inicial como quien recibe a un familiar que espera hace tiempo, emprende el camino hacia San Pedro de Atacama. Son 100 kilómetros bajo un cielo cubierto de estrellas que propone admirar con una parada técnica al costado de la ruta 23.

El final de ese primer viaje es el pequeño y muy pintoresco pueblo en el que se repiten las construcciones bajas de arcilla y adobe y se impone el color terracota. Será la base desde la que comenzará cada una de las experiencias.

Además de guía, Marcos maneja la camioneta y se encarga de cada detalle operativo durante las diferentes excursiones en suelo trasandino.

Marcos Pizarro en uno de los miradores del Valle de la Luna. Foto: Adrián Abalay / Intriper.Marcos Pizarro en uno de los miradores del Valle de la Luna. Foto: Adrián Abalay / Intriper.

«Tomen mucha agua», repetirá como una especie de mantra a cada paso. Asegura que es la mejor arma para intentar combatir los desagradables efectos que pueden generar los casi 4.500 metros en las distintas visitas.

Laguna Chaxa, primer desafío

Laguna Chaxa, en el salar de Atacama, es la primera gran atracción del viaje. La amplitud térmica obliga a comenzar el día con mucho abrigo. Marcos pide unos minutos y se baja en «Franchute».

No hay misterios ni significaciones ocultas, se trata de la panadería que montó un francés que se enamoró del pueblo. Las baguettes y los croissants no hacen honor a la comida típica de la zona pero maridan perfecto para un desayuno estelar que Pizarro tiene planeado para sorprender.

Un flamenco come en una de las lagunas del salar de Atacama. Foto: Adrián Abalay / Intriper.Un flamenco come en una de las lagunas del salar de Atacama. Foto: Adrián Abalay / Intriper.

Esa escalada hacia los 4.500 es el primer gran desafío. Las advertencias habían sido muchas: evitar comer carnes rojas la noche anterior, caminar despacio, tomar mucha agua y hasta masticar hojas de coca. No faltó quien auguró que era peligroso subir el primer día y hasta quien llevó viagra en su pequeño bolso de mano argumentando que, por ser un vasodilatador, podría ayudar a evitar el «mal de altura» o apunamiento

El salar interminable, la cordillera de Los Andes y la del Domeyco imponentes, y los flamencos acaparando los flashes. Son cientos con la cabeza en el agua, comiendo. «Si levantan la cabeza y miran hacia adelante, se van», explica Marcos. Están los flamencos que ponen sus huevos ahí y también aquellos que solo llegan para comer.

Historias en el camino

Pocas horas y muchas preguntas después, Marcos era uno más de ese grupo de argentinos. Ya no solo explicaba con paciencia cómo vivían los Licanantay, la comunidad indígena que habitaba el desierto de Atacama, o daba detalles del kunza, su lengua. Pizarro vive en San Pedro de Atacama pero es de Santiago.

En la capital lo espera una vez por mes Angélica, su esposa, la mamá de sus dos hijos. Como los Licanantay, que eran nómades, Pizarro es un poco de acá y otro poco de allá, y su historia está marcada por la distancia.

Las vicuñas pastan y corren al costado de una ruta que lleva a los salares de Atacama. Foto: Adrián Abalay / Intriper.Las vicuñas pastan y corren al costado de una ruta que lleva a los salares de Atacama. Foto: Adrián Abalay / Intriper.

Marcos tenía apenas 7 años cuando en 1976 dejó Chile para mudarse a Australia en plena dictadura de Augusto Pinochet. Su papá trabajaba en una multinacional y participaba en el sindicato. No tuvo opción, le dijeron que debía irse, por seguridad, y lo enviaron a otra sede de la empresa en ese país.

Allí fue toda la familia. Marcos y sus dos hermanos mayores se adaptaron como pudieron. Dos años más tarde, sus padres se separaron y él regresó a Santiago con su mamá. Tiempo después regresó a Melbourne para terminar la secundaria y otra vez a su Santiago. El manejo fluido del inglés le permitió abrirse camino en una industria como el turismo y San Pedro de Atacama lo recibió hace casi una década.

Experiencias que impactan

La travesía, organizada por Chile Travel, siguió con un desayuno tardío contemplando los picos de Los Andes nevados y los grupos de vicuñas que pastaban y corrían, obligando a hacer foco rápido con las cámaras para lograr una imagen que le hiciera honor a ese momento. La foto mental ya estaba garantizada.

El volcán Licancabur desde el Valle de la Luna, en el Desierto de Atacama. Foto: Adrián Abalay / Intriper.El volcán Licancabur desde el Valle de la Luna, en el Desierto de Atacama. Foto: Adrián Abalay / Intriper.

De ahí, a Piedras Rojas, también conocida como Salar de Aguas Calientes Tres. Una laguna de agua salada de un celeste profundo que contrasta con el rojo impactante de las piedras, teñidas por el hierro. Era necesario caminar lento, buscando que el oxígeno entre lo más directo posible a los pulmones y así mantener a raya al fantasma del apunamiento.

Piedras Rojas, uno de los salares en el Desierto de Atacama. Foto: Adrián Abalay / Intriper.Piedras Rojas, uno de los salares en el Desierto de Atacama. Foto: Adrián Abalay / Intriper.

El regreso de esa primera gran travesía tendría como yapa un almuerzo de película admirando, a lo lejos, el volcán Licancabur. Marcos reclamaba mates argentinos mientras intercalaba historias de cada lugar.

Si la primera noche contemplando estrellas a un costado de la ruta había sido impactante, el tour astronómico en pleno desierto lo es aún más. La experiencia es completa. Un escritor que se dedica al astroturismo con pasión cuenta historias y señala con un puntero láser estrellas y constelaciones.

La Cruz del Sur, las Tres Marías, la estrella más brillante y las constelaciones que representan signos del zodíaco. Después, un paso más: dos imponentes telescopios para observar nubes de estrellas y terminar impactados con la mira en una luna que había salido hacía minutos.

Una turista brasileña contempla el cielo cubierto de estrellas en medio de un tour astronómico. Foto: Rodrigo Zuniga Vázquez.Una turista brasileña contempla el cielo cubierto de estrellas en medio de un tour astronómico. Foto: Rodrigo Zuniga Vázquez.

Tierra humeante

«Mañana les sugiero mucho abrigo», advierte Marcos antes de confirmar que a las 5.30 de la mañana estaría en el hotel para ir a los Géiseres del Tatio (o Geysers del Tatio), una de las excursiones más esperadas por quienes visitan el Desierto de Atacama. Son poco más de 80 kilómetros desde San Pedro y, al llegar, impactan las interminables columnas de humo.

El abrigo sugerido por Pizarro responde a la brutal amplitud térmica del lugar. A las 7 de la mañana la temperatura era de casi 6 grados bajo cero, ideal para apreciar en todo su esplendor el hervor del agua que brota de la tierra y dibuja esas humaredas impactantes.

El Tatio es un campo geotérmico que, al igual que todas las áreas protegidas, es administrado por comunidades indígenas. En este caso se trata de la sociedad Tatio Mallku, integrada por las comunidades Caspana y Toconce. El agua en este lugar hierve a los 85 grados y brota por las tuberías naturales que se forman por el alto contenido de sílica (o sílice).

Son cientos de manifestaciones termales de distinto tamaño ubicadas en el extremo de la base de un volcán. Es otro de los muchos lugares en los que no hace falta tomar una cámara o el teléfono para atesorar un recuerdo.

Las columnas de humo y el agua hirviendo en los Géiseres del Tatio. Foto: Adrián Abalay / Intriper.Las columnas de humo y el agua hirviendo en los Géiseres del Tatio. Foto: Adrián Abalay / Intriper.

Siempre con la mirada en los sinuosos caminos de arcilla, piedra y sal, Marcos cuenta con cierta nostalgia que su hija más grande es chef y trabaja en el sur del país, y que su hijo estudia periodismo en Santiago.

Lo hace con la misma pasión con la explica el origen de las cadenas montañosas de la zona, o el desierto florido, ese fenónemo impactante por el contraste que permite que una vez al año el árido suelo se llene de flores gracias a las lluvias que llegan del amazonas y logran cruzar la cordillera.

El Desierto Florido se ve una vez al año, cuando las lluvias del amazonas logran cruzar la cordillera. Foto: AFPEl Desierto Florido se ve una vez al año, cuando las lluvias del amazonas logran cruzar la cordillera. Foto: AFP

De otro planeta

Si Piedras Rojas o los Géiseres del Tatio dan la sensación de caminar en otro planeta, el Valle de la Luna es una expedición directa a Marte. No es casualidad que en esas tierras salitrosas la NASA haya probado más de una vez robots (rovers) que después enviaría a Marte.

Además de la apariencia, se trata de un espacio tan seco como el del ‘planeta rojo’. En más de una oportunidad el equipo de ARADS (Atacama Rover Astrobiology Drilling Studies) probó distintas herramientas en el desierto.

El volcán Licancabur se dibuja perfecto en el horizonte mientras una caminata empinada lleva a un mirador que puede dejarte sin aire tanto o más que los casi 4.500 metros de altura.

El Valle de la Luna, en el Desierto de Atacama. Foto: Adrián Abalay / Intriper.El Valle de la Luna, en el Desierto de Atacama. Foto: Adrián Abalay / Intriper.

Para el regreso, otra sorpresa. El atardecer contemplando el Valle de la Muerte, en el medio de la cordillera de la sal, rodeados de figuras de sal y arcilla que se formaron a lo largo de miles de años por efecto de la evaporación del agua.

El sol se esconde entre las montañas y el juego de sombras con la cordillera es un espectáculo que obliga a perder, al menos por un rato, la vista en el horizonte.

Turistas europeos contemplan el volcan Licancabur desde el Valle de la Muerte. Foto: Adrián Abalay / Intriper.Turistas europeos contemplan el volcan Licancabur desde el Valle de la Muerte. Foto: Adrián Abalay / Intriper.

El brindis con pisco y la cordillera de la sal de fondo coronó una aventura que tiene su álbum de fotos mentales asegurado. Marcos levantó la copa (con agua) y agradeció.

Este contingente de argentinos fue apenas una partecita más del viaje infinito de Pizarro, que seguro no terminará en San Pedro de Atacama. «Sueño el retiro en Los Lagos», dirá, anhelando la patagonia chilena, otra vez con la mirada puesta en los sinuosos caminos de arcilla, piedra y sal.



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